Lustitia

Por Lorenzo R. Villalba Irlanda

Emerging Writers Fiction

Foto por Eugene Golovesov

Ella siempre se sentaba en el mismo banco.  No le importaba quien se sentara alrededor de ella.  Todos en algún momento se sentaron con ella.  Pero ese lugar era de ella y de nadie más.  La gente le pasaba por el lado cargando sus problemas en sus maletines con rueditas.  Los abogados postulaban sus casos; los jueces presidían sus salas, pero lo único que a través de los años nunca cambiaba era aquella mujer vestida de blanco que se sentaba en el mismo lugar todos los días, todos los meses y todos los siglos. Al principio, la gente la veía allí sentada y la mayoría del tiempo la ignoraban.  Era solo otra persona con otro problema que resolver que esperaba eternamente a ser atendida, como todos los demás.  Mientras más vueltas daban las manecillas del reloj, menos la gente la veía. Cada segundo que pasaba era un poco más impalpable. Como si el tiempo la olvidó, la gente también la olvido. Ella no los veía tampoco. 

Los viejos se sentaban a tomar café y a recordar sus viejos tiempos en aquel tribunal, aquella hoguera, aquella tierra de nadie.  Aquellos tiempos cuando estos todavía se sentían como que tenían algún poder y los huesos no crujían cuando se levantaban.  El tema de aquella mujer vestida de blanco con pelo oscuro y largo como una noche sin estrellas, siempre salía a relucir.   

―Yo me acuerdo del primer día que la vi. ―mencionó uno de ellos melancólicamente―. Nunca se me va a olvidar... por más que quiera.  Yo seré más lento que una caravana de cojos, pero todavía me acuerdo de algunas cosas― decía el viejo abogado criminalista a sus compañeros de hace cuchucientos años.   

Ellos habían escuchado el cuento miles de veces, pero no les importaba escucharlo otra vez. 

―Acababa de salir de sala después de perder un caso.  A mi cliente lo metieron preso por un asesinato que hasta el sol de hoy yo estoy seguro que no cometió.  Lo recuerdo tan claramente porque ese hombre era inocente y yo no pude hacer nada para salvarlo. ―exclamó el abogado a la misma vez que le dio a la mesa con aquel viejo puño que gracias a la artritis no tenía la misma potencia―. Yo salí de esa sala destruido. Me senté en el banco, tú sabes cual es, el que está frente a los baños, y en ese instante fue que mi mirada cayó sobre ella. No sé si eran las lágrimas o algo que hicieron que ella se viera como una cosa etérea. Bella, pero como si no estuviese allí de verdad.   

Los ojos de aquel viejo se aguaron un poco con el recuerdo de aquel momento que, aunque trivial para el resto del mundo, para él fue uno trascendental. Les miró las caras a sus compañeros luego de secarse los ojos con el puño y continuó con su relato.   

―La cara de aquella mujer o fantasma o ángel daba la impresión de juventud, pero había algo que me decía que esos huesos, esa sangre y esa piel tenían bastantes años en esta tierra.  

Agarró lentamente la taza de café negro con dos de Esplenda y tomó un poco antes de continuar.  

―Lo único que nunca puedo recordar son sus ojos.  Todo lo demás lo veo como si hubiese sido ayer, pero no recuerdo el color, ni la forma, ni nada. Me imagino que es la edad. 

El hijo de uno de los viejos, ya un hombre hecho y derecho, que acompañaba a su padre ese día, escuchaba incrédulo. A Rafael siempre le había interesado saber la razón por la cual su padre se sentaba a tomar café con las mismas personas después de tantos años.  

  ―Perdóneme, licen, pero no hay forma que una mujer aparezca en el mismo lugar, día tras día, por decenas de años. No tiene ningún sentido. 

Las miradas de los viejos a este joven intruso eran casi punzantes. El padre de Rafael, decepcionado, miró hacia abajo. Tratando de cambiar el tema, otro de los abogados preguntó algo que nunca nadie se había atrevido a preguntar.   

―Oye, desde que te retiraste, ¿has vuelto a ver a la mujer?  

El viejo respiró hondo y miró profundamente a las ondas que el café creaba dentro de la taza al moverse.   

―Una sola vez volví al tribunal.  Cuando mi mujer murió hace como tres años atrás. 

―¿La viste? ―preguntaron los demás en unísono.  

―La verdad es que no me atrevía a mirar. Sentía como que la presencia de ella era tan esencial para el tribunal y, específicamente para mí, que el mero pensar que no estaba allí sentada hubiese sido devastador.  Cuando finalmente miré, no la vi.  El terror que sentí fue uno inexplicable. ―al decirlo, todo su cuerpo se jamaqueo con un pequeño espasmo.― Todavía siento los escalofríos...

Rafael se empezó a reír burlonamente. Era completamente obvio para él que era el caso de uno de esos enfermos mentales que se aferran de algo y mantienen una irrompible rutina que, aunque rara para los demás, tiene sentido en la mente de esas personas. El abogado criminalista ignoró la impertinencia del joven.   

―Cuando miré bien el lugar donde ella siempre se sentaba, vi un resplandor tan pequeño y tan fuera de lugar que tuve que concentrar la vista un poco más. Allí estaba. Casi no se veía, pero era indiscutible. El espectro de la mujer aquella de pelo oscuro y largo, estaba igual de joven que hace cuarenta años. Nunca pude verle los ojos, pero no me hizo falta. El saber que ella estaba allí todavía le dio el significado a mi vida que siempre estuve buscando. 

Aquel joven que estuvo sentado escuchando al viejo hacer su relato decidió seguir los pasos de su padre y estudiar derecho después de treinta años como contable exitoso. Aquellos viejos dejaron de reunirse después de aquel día. Ya estos dormían en sus tumbas. Rafael guardó la historia en alguna parte poco importante de su consciente hasta su primera visita al tribunal. Su primera cliente fue acusada de asesinar a su esposo después de que este estuviera años y años abusándola emocional y físicamente. El jurado la encontró inocente. Rafael, quien fue joven y eventualmente terminaría como aquellos viejos tomando café y hablando sobre sus victorias y sus derrotas, vio por primera vez a la mujer de la que tanto se hablaba. Fue como un baño de agua fría. El viejo aquel no estaba loco. Ninguno de ellos estaba loco. Aquella mujer, vestida de blanco, con los ojos tapados y con el peso de la historia en sus hombros estaría allí por el resto de los tiempos. ✦


 

Lorenzo R. Villalba Irlanda was born and raised in Puerto Rico. He grew up with a love of literature, especially speculative fiction, soccer, and film. From a young age, because of his family, he was exposed to the field of law, which he found a passion for after getting his Bachelor’s. Having worked in a courtroom for eight years, he likes to discuss the dichotomies of how justice works or doesn’t work sometimes. He works advising on how to make courtrooms more accessible to vulnerable communities and teaches law part-time.

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intimacy with the earth.