Entrevista: Elí Urbina
En “Como ramas desnudas,” Eli Urbina levanta una travesía coral (casi épica) donde el cuerpo y la historia avanzan juntos. El “nosotros” camina entre ruinas con una lucidez amarga, como si el paisaje fuera también una conciencia colectiva que ya no puede fingir inocencia. A medida que el poema marcha, la voz se vuelve más grave y más humana. No busca consuelo fácil, busca nombrar lo perdido, lo que pesa, y ese deseo obstinado de refugio aun cuando todo alrededor parece agotado.
En “Como ramas desnudas” conviven una voz épica y una corporeidad áspera (huesos, sal, frío, agotamiento), pero también se siente como una travesía moral o histórica. ¿Qué tensión te interesaba sostener más?
Como ramas desnudas es el primer canto de mi poema épico Exŏdus. El poema quedó como finalista del Premio Copé 2021 y posteriormente fue traducido al inglés por Jeremy Paden y publicado en versión bilingüe por Santa Rabia Poetry en 2022. Pero su origen no fue literario, sino visual. Una mañana, mientras cruzaba el puente sobre el río Lacramarca, en los Humedales de Villa María, en Chimbote, vi un árbol desnudo. La imagen tenía una belleza severa y, para mí, fue reveladora; a partir de ella comencé a oír el poema. Confirmé entonces aquello que decía Charles Simic: que el poeta es una mirada que oye. Escribir el poema fue como extraer un tubérculo de la tierra: la imagen inicial era apenas la superficie, pero debajo había una forma más vasta, enterrada, que se revelaba a medida que la escuchaba.
Aunque el poema adopta una respiración épica, su impulso nace de una experiencia histórica y moral concreta. Hay en él una dimensión política que tiene que ver con el desheredo. Pertenezco a una generación que, en muchos sentidos, no heredó un paraíso, sino la nostalgia de un paraíso. Y la nostalgia, cuando no está acompañada de una promesa real, se convierte en una forma triste de la esperanza, casi un truco. En una ciudad como Chimbote, donde el mar ha sido contaminado y los viejos símbolos de identidad han perdido su fuerza, los jóvenes miran un paisaje que ya no saben nombrar como suyo.
© Elí Urbina
No me interesaba la épica como celebración, sino como el registro de una generación que avanza enfrentada a una naturaleza resentida, al desgaste del tiempo y a sí misma. En ese sentido, quise que el poema tuviera la fuerza y la respiración de un poema épico griego, no para exaltar una hazaña, sino para mostrar a ese cuerpo colectivo en el instante de crisis que redefine su destino. Aunque el poema nace de Chimbote, no busca fijarse en su geografía literal: me interesaba que la historia resonara más allá de sí misma, porque una ciudad, en el fondo, es todas las ciudades, el lugar donde una generación debe reinventar su pertenencia.
El paisaje sonoro del poema (la anáfora, el avance lento de las frases, el “nosotros” coral) construye una voz colectiva muy potente. ¿Cómo trabajaste esa voz?
Desde el inicio supe que este poema no podía estar sostenido por un “yo”, sino por un “nosotros”. Abandoné deliberadamente la primera persona singular porque no me interesaba construir una conciencia individual, sino una experiencia compartida. Creo que el poeta, en ciertos momentos, debe asumir el riesgo de convertirse en una voz colectiva: no como portavoz de una consigna, sino como espacio de resonancia de algo que excede lo personal. La postura que encarna el poema era algo que yo mismo compartía con otros jóvenes de mi generación: una sensación de desheredo, pero también de búsqueda. Por eso no quise que hubiese un héroe ni una hazaña central. Esta no es una épica de la conquista, sino de la conciencia. Es una travesía circular: los jóvenes son el punto de partida, pero también el punto de llegada. En ese recorrido, la esperanza deja de ser algo exterior, algo que se espera encontrar en otra parte, y se revela como algo que nos constituye. La esperanza no es evasión, sino reconocimiento.
En ese sentido, el poema es también una forma de reconciliación. Mientras lo escribía, pensaba en esa relación ambivalente que a veces los hijos mantienen con sus padres, y que Ezra Pound formuló con lucidez al dirigirse a Walt Whitman como a un padre testarudo: alguien a quien primero se rechaza, pero al que finalmente se vuelve para reconocer una raíz común. Algo semejante ocurre aquí con la ciudad. Es un espacio que nos forma y nos hiere al mismo tiempo. Los jóvenes la aman y la odian con la misma intensidad, porque en ella han sido moldeados y también fracturados. El poema intenta recorrer ese arco: del rechazo al extravío y, finalmente, al reconocimiento. Quienes regresan no lo hacen para celebrar la ciudad, sino para habitarla con otra conciencia, como quien acepta, al fin, la complejidad de su propia herencia.
La construcción de esa voz colectiva fue también, ante todo, una construcción musical. Para mí, la poesía es inseparable del ritmo de la respiración. Cada frase debía sostener un impulso continuo, como una marcha o una letanía, algo que pudiera ser oído antes que interpretado. Al mismo tiempo, necesitaba preservar un sentido de narratividad, porque el poema es, en esencia, un tránsito. La persistencia del “nosotros” fue una forma de sostener esa respiración común, esa conciencia que no pertenece a un solo individuo, sino a una comunidad que avanza, incluso en la oscuridad, hacia una comprensión más profunda de sí misma.
¿Cuál es tu práctica para pulir un poema largo? ¿Y qué señales te dicen que ya no hay que tocarlo más?
A veces he dicho, medio en broma, que no hay nada más breve que un poema épico. Pero esa broma encierra una convicción muy seria. La brevedad, para mí, no es una cuestión de extensión, sino de precisión. Cuando uno escribe bajo esa idea, cada palabra deja de ser tentativa y se vuelve necesaria. Mientras trabajaba en Exŏdus pensaba en los antiguos poemas sumerios, en esas tablillas de barro fracturadas por el tiempo, muchas de las cuales han llegado hasta nosotros apenas en fragmentos. Me interesaba imaginar que cada sección del poema fuese precisamente eso: un resto, un vestigio autosuficiente, capaz de sostener por sí solo el peso de una pérdida mayor. Por eso la estructura está organizada en unidades de tres versos: cada fragmento debía tener la densidad y la autonomía de algo que ha sobrevivido a su propia destrucción. En ese sentido, el poema no solo narra un éxodo; también intenta asumir la forma material de aquello que sobrevive a un éxodo: una memoria incompleta, pero todavía vigente.
El proceso fue orgánico. Partí de una imagen y escribí una primera versión más compacta. Pero el poema comenzó a crecer, a intensificarse en sus conflictos y en sus giros narrativos. La idea central nunca cambió; lo que cambió fue su profundidad. Recuerdo haber impreso las primeras versiones y ver las hojas extendidas sobre la mesa, siete, ocho, diez páginas alineadas como si fueran un camino físico. Fue una imagen hermosa: el poema se había convertido literalmente en una travesía.
En ese crecimiento se incorporaron también recuerdos personales. Pienso en una visita a la playa a la que mi padre me llevó cuando yo era niño: corría por la orilla, persiguiendo cangrejos. Años después, en una caminata por la bahía del Ferrol, en uno de sus circuitos, volví a mirar el mar de frente. Yo había vivido casi de espaldas a mi ciudad, más cercano al bosque que al puerto, pero ese día lo vi sin distancia: las fábricas, el agua golpeada, la orilla mostrando todo lo que había soportado. Sin embargo, también descubrí zonas intactas, espacios donde la belleza persistía.
Mi práctica de pulido tiene que ver con dejar que el poema madure sin traicionar su impulso inicial. Cada vez que regreso a él, lo corrijo desde la nueva mirada que regala la distancia: afino sobre todo el ritmo, leo en voz alta y busco la mayor precisión posible. Sé que un poema está terminado cuando deja de pedirme algo más, cuando cada fragmento encuentra su lugar exacto y el conjunto avanza parejo, como un coche con las ruedas bien alineadas, sin cojear.
Agradezco mucho esta conversación y la posibilidad de volver sobre el origen y el trayecto de Exŏdus. Los lectores pueden encontrar una versión reciente de los primeros cuatro cantos en mi antología Un hombre solo, un solo infierno, publicada por Valparaíso en 2025. Confío en que pronto el poema pueda reeditarse en una nueva versión, para que pueda recorrerse íntegro como ese camino que un día vi extendido sobre mi mesa. Les envío un gran abrazo desde Perú.