Entrevista: Sergio Salazar

En “La elección del náufrago,” Dr. Sergio Salazar transforma una reunión de inmigrantes llena de comida, música y risas en un ritual de pertenencia que se quiebra de golpe ante la violencia del Estado. El cuento avanza como un péndulo entre el carnaval y el pánico, hasta abrir un intersticio alucinatorio donde la memoria ancestral (la abuela, el talismán, el quipu) ofrece la tentación de reescribir la historia. En esta conversación, Sergio reflexiona sobre ese cruce entre lo íntimo y lo político, y sobre la decisión central de Luis de no corregir el mundo entero, sino aferrarse al documento mínimo que podría salvarle la vida. Una elección dolorosamente humana sobre poder, desarraigo y supervivencia.

Tu cuento pasa del calor de la comunidad a la violencia del Estado y luego a un intersticio surreal y casi mítico. ¿Qué te llevó a combinar realismo, crítica política y lo fantástico en un mismo arco narrativo?

El motor creativo del cuento yace en mi propia contradicción vivida.

Pasé más de una década en Estados Unidos, habitando un espacio que simultáneamente se promulga como la "tierra de las oportunidades" mientras se erige, para muchas comunidades, como un aparato de vigilancia, persecución y exclusión estructural. Esa contradicción no es abstracta, sino que se habita en el día a día. Aparece en la forma en que un vecino se dirige a ti, en las leyes que aislan nuestras comunidades, en el silencio y el dolor posteriores a una redada.

Durante esos años—como académico, como educador, en patios y cocinas con amigos—siempre busqué guiar a mis estudiantes y comunidades a descifrar cómo opera el poder. Me refiero a las políticas públicas, al uso dañino del lenguaje, la narrativa, a la construcción de mitologías. A lo largo de esa exploración la más grade claridad fue que el lenguaje está al centro de esta paradoja. El lenguaje vende el sueño americano. El lenguaje legitima la intervención militar en el extranjero. El lenguaje normaliza el despojo. Y el lenguaje también enseña a los migrantes a interpretar su propia precariedad. De manera que cuando me senté a escribir este cuento, sabía que tenía que trabajar con la narrativa misma—como herramienta y como campo de batalla.

© Sergio Salazar

Para los migrantes latinoamericanos en particular, esta contradicción tiene una raíz profundamente histórica. Muchos son desplazados por condiciones moldeadas por siglos de extracción, violencia colonial e intervención geopolítica. Sin embargo, una vez dentro del centro imperial, la supervivencia a menudo exige participación en las mismas narrativas que oscurecen esas historias. En los últimos años, presenciar el resurgimiento de una retórica abiertamente colonialista en la política internacional de EEUU, junto con la intensificación de medidas migratorias abrasivas, produjo en mí una especie de vértigo histórico—el perturbante reconocimiento de que los ciclos se repiten. Hay una frustración particular en darse cuenta de cuán poca agencia tenemos los individuos frente a tan vastas estructuras. Este cuento devino, en parte, una respuesta a esa impotencia.

Lo surreal, lo fantástico, lo mítico, han sido históricamente canales para entender la realidad en América Latina. El realismo mágico surgió precisamente en un periodo en que la historia se tornaba demasiado dolorosa como para contarla de frente, cuando la represión hacía peligrosa la disidencia, y cuando la imaginación devino el último refugio de la verdad. Quise retomar esa tradición, reactivarla. El quipu, la aparición, la elección que se le ofrece a Luis—más que meros adornos—eran formas de preguntar: ¿y si la historia pudiera re-tejerse? ¿Y si los muertos pudieran seguir hablando? ¿Qué elegiríamos, si se nos diera la oportunidad?

El cuento pasa del calor de la comunidad al frío del Estado porque ese es el arco de tantas vidas migrantes. Uno empieza en la alegría, en la conexión, en el sazón de la casa—y entonces el sistema recuerda que estás ahí. La policía, los perros, los papeles. Pero entre esos dos polos, quise crear un espacio, un intersticio, donde pudiera ocurrir algo más. Un lugar donde la historia hiciera una pausa, la memoria y el mito chocaran, y otra clase de pregunta se volviera posible. Una forma de combatir la violencia política, claro; pero también una forma de explorar algo más íntimo: ¿Qué elegimos cuando se nos presenta la dificil decisión entre la redención colectiva y la pertenencia individual?

Lo fantástico, en ese sentido, se convierte en el único registro capaz de escenificar esa confrontación a una escala simbólica completa.

A Luis se le ofrecen decisiones capaces de alterar su mundo, pero él elige un punto de quiebre marcado por la burocracia. ¿Qué querías que esa elección revelara sobre el poder, la pertenencia y la supervivencia?

La experiencia del migrante latinoamericano en Estados Unidos está frecuentemente caracterizada por la contradicción. Muchos llegan buscando estabilidad, dignidad u oportunidad—a menudo huyendo de condiciones inherentes a largas historias de extracción colonial, coerción económica e intervención política. Sin embargo, al llegar, se encuentran con una sociedad que los demoniza como amenazas, cargas o intrusiones.

Lo que quería explorar en la elección final de Luis es cómo se internaliza esa contradicción.

A lo largo del cuento, él participa en un espacio comunitario de memoria, comida, música, y agravios compartidos. Su comunidad articula una suerte de conciencia histórica; imaginan contrafácticos, revoluciones, actos de reparación simbólica. Cuando ocurre la ruptura fantástica, a Luis se le concede acceso a una agencia histórica radical—la posibilidad de deshacer la conquista, el imperio, la dictadura. Podría elegir 1492, o 1973, o cualquier otra fecha marcada por la mano negra de la violencia colonial.

En cambio, elige el día en que la burocracia de EEUU le dio una negativa. Elige la green card.

Esa elección que en primera instacia puede ser leída como una falencia de su imaginación es en realidad un testimonio de cuán profundamente lo han penetrado las narrativas del sistema. El sueño americano deviene entonces más que una promesa, un adiestramiento. Nos enseña a creer que si se siguen las reglas, si se obtiene el documento correcto, se estará a salvo. Promete pertenencia. Nos enseña a confiar en las instituciones que permanecen estructuralmente ambivalentes hacia nosotros, incluso mientras nos persiguen.

Esta decisión de Luís para mí es una profunda tragedia, no un juicio moral. Luís y su greencard son reflejo del agotamiento psíquico que produce la precariedad. Cuando la supervivencia está en juego, la abstracción se derrumba. La promesa del reconocimiento legal, por frágil o ilusoria que sea, puede pesar más que las visiones más grandiosas de transformación colectiva.

Luis elige la supervivencia. Pero es una supervivencia solitaria. Y eso es lo que quería señalar: cada vez que elegimos individualmente en lugar de colectivamente, fortalecemos las mismas estructuras que nos dividen. El sistema prospera en el agotamiento, en el caos, en mantenernos demasiado cansados para pensar más allá de nuestros propios microcosmos, en nuestros propios papeles.

Lo que la elección de Luis revela sobre el poder es bastante inquietante. El imperio se sostiene mediante la fuerza, pero también mediante el deseo. La pertenencia se convierte así en una tecnología de gobierno. El reconocimiento se convierte en una moneda más poderosa que la rebelión.

La green card en su mano al final—ondeándola como una bandera, como un escudo—es desgarradora y amargamente irónica. Funciona como un talismán secular: una promesa plastificada de seguridad, dignidad, legitimidad. Al elegirla, reafirma el mismo sistema cuya violencia enmarca el relato. La ambigüedad del final, así como su frágil esperanza de aceptación, espera a ver si ese nuevo reino elegido lo recibirá alguna vez por completo. Si lo verá como un interlocutor válido.

El cuento escenifica así un dilema profundamente humano. Cuando nos enfrentamos a la escala imposible de la historia, muchos de nosotros retrocedemos agazapados hacia la inmediatez de la supervivencia personal. Ese repliegue es comprensible. Pero ese repliegue nunca es políticamente neutral.

¿Cómo construyes el ritmo de una escena?

Siempre trato de escribir con música de fondo. Siempre. Para este cuento, escuché mucho reguetón—por placer y porque quería que la prosa se impregnara de ese ritmo. El dembow es un ritmo hipnótico: boom-ch-boom-chick. Te atrapa. Te incita al movimiento. Quería que la primera parte del cuento se sintiera así—una reunión, una corriente, un pulso que no puedes resistir.

Claro, la prosa no tiene un ritmo como tal, pero el ritmo se puede generar sintácticamente. Siempre busco incluir variaciones en la extensión de las oraciones, la densidad de la puntuación y los patrones de lectura para que sean de corto y largo aliento. Las oraciones largas y fluidas estiran el tiempo, ralentizan la percepción, acumulan detalles sensoriales. Las oraciones cortas y abruptas introducen ruptura, urgencia, impacto. La alternancia entre estos registros permite que la tensión crezca y se fracture de maneras análogas a la composición musical.

En la escena de la fiesta, las oraciones son más largas, más enredadas, casi como cuerpos bailando. Cuando el vecino golpea el techo—"SHUT THE FUCK UP!"—se desploma esa comunión. Las oraciones se vuelven cortantes. El ritmo se fractura.

El diálogo juega un papel igualmente crítico. En la comida comunitaria, los personajes se interrumpen, completan las frases empezadas por otros, se ríen juntos. Somos testigos de una fluidez, una calidez, una sensación de voces que se contraponen. Con la policía, ese fluir desaparece y devienen solo órdenes, solo ruido. El lenguaje se vuelve duro, procesal, coercitivo. Estos cambios estéticos por supuesto codifican relaciones de poder.

Luego de escribir un borrador, leo las escenas en voz alta. Este es un paso esencial. El oído detecta disonancias que el ojo normalmente perdona. Escucho si hay arrastre, desbalance, monotonía no intencionada. Idealmente, el ritmo refleja la lógica emocional de la escena—la forma en que los cuerpos se mueven, el miedo acelera la acción, la memoria se expande, o el silencio desciende.

En ese sentido, el ritmo en la prosa es uno de los ejes nucleicos de la narrativa. Busco transmitir una sensación de ritmo que coreografíe la experiencia del lector con el tiempo, la tensión y la corporalidad.

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