La Elección del Náufrago
por Dr. Sergio Salazar Número dos: Ficción
Foto por Simone Fisher
El Calor humano.
“A la orden pal desorden. Nos vemos a las 8:00 pues”. Luis envió el mensaje y sonrió al pensar que vería a su gente esa noche. Preparó unas empanadas bien cargadas como las hacía su abuela y pensó en qué llevarían los otros al potluck. Llevaba ya varias semanas atrapado en el ciclo de trabajo-cama y la nostalgia de la patria siempre le daba más duro cuando más recalcitrantes se ponían los inviernos. Pensó que en su país las fiestas son para asar un puerco en el barrio, pintar los andenes de una sinfonía de color al ritmo de cumbias que entonaban desde los niños hasta los viejos. Mientras tanto él tenía que trabajar doble turno para cubrir la ausencia de Mike en la fábrica.
Le subió el volumen al fuego del aceite y al parlante del cual salía la voz magnífica de Mercedes Sosa y le hizo coro al tiempo que fritaba las empanadas de carne:
“Mira adelante hermano es tu tierra la que espera
Sin distancias, ni fronteras que pongas alta la mano
El clamor americano levanten pronto la mano al señor de las cadenas”
Le pareció un acto de rebelión simbólica armar una reunión de inmigrantes viendo lo caliente que estaba la situación en los Estados Unidos. Se regocijó en la idea y en el olor delicioso de las frituras y mientras buscaba parking en 1542 Markan Dr. cantó el coro: “métale a la marcha, métale al tambor, métale que traigo un pueblo en mi voz.” Le pareció entender profundamente a Mercedes y se sintió uno con ella a pesar de ser de otra época y estar en otra latitud. Llamó a la puerta del 209.
- “Luisito, ¡qué bueno que viniste!”. Lo saludo Paula con un abrazo que le hizo olvidar el frío de la nevada que caía.
- ¿Qué trajiste que huele tan rico?
-Unas empanaditas. Tengo de pollo y de carne con papa.
- ¡Rico! Ponlas en la mesa y ven a tomarte algo.
Le hizo espacio a su refractaria junto a una olla de sancocho que olía a guiso con sazón milenaria y caldo Maggie. Escuchó a Roberto rogar por la última arepa rellena, y escuchó cómo lo obligaron a confesar que las arepas fueron inventadas por los venezolanos. Roberto dejó el orgullo de lado y así lo dijo con una pícara sonrisa.
Desde el parlante se regaba una historia selecta del reguetón que empezaba con Calderón pa’ que retocen, pa que se lo gocen, pasando por el Daddy incitándoles que tiraran pa’lante, a romper, romper, romper “bien guillao,” hasta el Bad Bunny recordándoles que si se quieren divertir tienen que pasar un verano en Nueva York. Las caderas se contorsionaban, pies y manos se entrelazaban, en una orgía de ritmo y pasos prohibidos, las sonrisas iban y venían. Los cuerpos encadenados por los vejámenes neoliberales ahora eran liberados por estos ritmos cíclicos llenos de bajo y sintetizador en luces tenues. La ceremonia continuaba y la fiesta les hacía olvidar la dureza del invierno.
Entre mojitos, aguardientes, y tequilas, Luis se conectó con viejos y nuevos amigos. Quizá por el efecto de los tragos, quizá por sentirse en confianza, terminaron todos por compartir diferentes momentos de desconexión que les acongojaban en su diario trasegar. Luis se sintió en una Maloka amazónica, en una suerte de ritual oral a través del cual se podían deshacer de agobios intrínsecos a la vida en EE. UU. María, la salvadoreña, contó el arduo camino que la llevo a cambiar de vida luego de la desaparición de sus padres en los 80s. Manuela, la chilena, brindó entonces por el otro 11 de septiembre, por los sueños colapsados de una mejor vida para la gente allende la frontera.
El playlist siguió con otro clásico que rezaba: “If you proud to be Latino right now, stand the fuck up!”, pero ya nadie bailaba, seguía el memorial de agravios. Luis escuchaba atento, agazapado en el silencio, mientras se acumulaban las historias de atrocidades imperiales como esa foto en la que se aprecia una pila de cráneos de bisonte en Rougeville, Michigan. Julio, el venezolano, incómodo por la seriedad que se apoderó del ambiente, quiso romper el hechizo con un macabro chiste que explicaba la maldición del petróleo. Entre risas y miradas cómplices llegó el coro:
“Boricua (Ha!), morena (Ha!), dominicano (Ha!), colombiano (Ha!)
Boricua (Ha!), morena (Ha!), cubano (Ha!), mexicano (Ha!)
Oye mi canto.” Entonaron todos.
Ya estando los unos borrachos, los otros prendidos, se envalentonaron y la charla adquirió un tono grandilocuente –fantasías de revolución: - “Si diosito me diera poder yo de una hundía la Santa María y a la verga el Colón y sus secuaces!” Sin perder el ritmo otra voz se aunó, - “Parce, yo le daba un buen inhalador al Che pa’l asma, o desplomaba el dólar pa que sean ellos los que se tienen que mojar.” Se sintieron todos desafiantes y protegidos en el pequeño apartamento, y las carcajadas escondían el agrio sinsabor de la impotencia. Era un vaivén de risas y lágrimas, y cada vez más absurdos los sueños de revancha: - “Uy, huevón, yo haría que cada vez que un político gringo diga 'Banana Republic', le crezca un racimo de plátanos en la cabeza. Literalmente.” Este festín desmesurado les calentó el pecho y en lo más álgido de la creatividad y el bacanal, sintieron la interrupción del agresivo golpeteo que penetró la fiesta como un cuchillo en un estómago. Se imaginaron una escoba que pegaba contra un techo al tiempo que una voz gritó:
"SHUT THE FUCK UP! I'VE CALLED THE POLICE!"
El frío real.
El bullicio fue reemplazado por un silencio sepulcral. Atrás ya el carnaval. El pánico se apoderó de todos y como hojas en otoño llevadas por el viento se dispersaron a ritmo de sirenas que les iluminaban las caras y espaldas de azul y rojo. Paula y Manuela salieron sin pensar por la escalera de servicio, Roberto fue el primero en escuchar la encantación: “FREEZE” mientras caía arrodillado en el pasto blanco de Markan. Luis, que parecía poseído por un espíritu Tarahumara, corría ciegamente en la oscuridad de la noche, en un trance motivado por el miedo y el ron. No tuvo tiempo siquiera de ponerse ni abrigo ni guantes ni tampoco le hubiesen protegido de los gritos en inglés o los ladridos de los perros que le atravesaban de ida y le pegaban de lleno al replicarse como eco en el vacío. Sus lágrimas fueron estalactitas que se rompieron en el asfalto y del shock casi ni sintió la cortada en su mano derecha al saltar la reja. El calor de la fiesta le pareció una ensoñación. Se arrastró ahora para evitar el alambre de púas y luego de mucho correr empezó a recuperar el aliento en un terreno amplio y oscuro que le ofreció protección.
El intersticio.
Le tomó un par de minutos recomponerse y a sus ojos adaptarse a la luz grisácea de la luna que bañaba las cruces maltrechas y lápidas que marcaban los sepulcros. Leyó con atención algunos nombres indígenas y reconoció varios latinos. Sintió un puñado de alfileres en los pulmones mientras el frío vencía la adrenalina y se escondió detrás de una gran estatua que le pareció podría proveerle resguardo. Fue allí cuando vio el pequeño talismán pegado a la lápida sin nombre. Tenía un brillo tenue que le recordó a la miel en leche que le daba su abuela cuando sin pensarlo dos veces se acercó para revisarlo. El aire se puso seco y le pareció sentir temblar la tierra con cada paso. Miró solemnemente el talismán cuando el brillo se tornó estela y de la piedrecilla salió una figura humana borrosa que flotaba mirándolo en silencio. A Luis le pareció reconocer a la aparición, en un momento le recordó a una imponente Victoria Santacruz con pelo blanco, al otro le pareció Policarpa Salavarrieta si la hubiesen dejado envejecer.
- “Ay, bendito. Siempre terminan llegando acá. El único terruño en el que pueden descansar en este país”. Dijo la abuela sentada tranquilamente junto al talismán. Luis adquirió el color de las lápidas, aterrorizado, impávido.
- “¡Rápido, mi amor! Tienes menos de un minuto antes de que los canes den con tu aroma. Te regalo un nudo de quipu en el tejido histórico. Dime cuál cuerda quieres cambiar, de cualquier momento, y el quipu se reteje a partir de allí. ¿Qué quieres desanudar? ¿Qué cuerda histórica cortas?”
Luis sintió que se abrían las aguas de una represa y un Aleph de posibilidades se abría ante él. Sintió la simultaneidad de la historia sin distorsión. Nutrido por las conversaciones de la fiesta visualizó fechas clave y los mundos posibles que crearía cambiar esas historias. Imaginó 1492: Tres navíos de madera y odio en un oscuro mar. Quizá una simple tormenta, o un arrecife protector y luego el silencio profundo de un continente que nunca fuera “descubierto,” robado, ni esclavizado. Imaginó 1620: Una playa que observa en silencio ignorando las artimañas de los peregrinos en inanición. Un continente que no tiene que aprender los altísimos costos de su propia piedad. Imaginó 1945: La desaparición de un solo hombre a quien le dedicaran películas y cultos. Quizá se podría evitar la explosión en el desierto y las muchas por venir, pensó en quizá otro tipo de apocalipsis.
Luis pensó entonces en la fiesta y en el brindis que hizo Manuela por el 11 de septiembre de 1973. El humo acre de La Moneda, esa tortuosa imagen en blanco y negro que su tío siempre maldecía. Cortar ese nudo. Imaginó refuerzos protegiendo a Allende, vivo en las montañas de la resistencia como un ejemplo espectral incómodo y persistente. Imaginó el colapso de los Chicago Boys que se quemaban en el fuego sordo del olvido y con ellos la doctrina del shock exportada como receta universal. Imaginó el desierto de Atacama, chileno, de todos. Imaginó un huevo que se quebraba y dentro de él el neoliberalismo que nunca saldría de las malditas aulas de rencor y aburrimiento de U. Chicago.
- “¡Apúrate!” Interrumpió la cascada de contemplaciones la abuela mientras su forma se difuminaba. Luis volvió al terror del presente y vio las luces de linternas que lo cazaban. Los ladridos acercándose cada vez más.
La elección.
La expresión de Luis iluminada con la grandeza de la posibilidad histórica se hizo ahora tosca. Los sueños de revolución y de injusticias vengadas se disolvieron como cenizas tiradas al viento. No escogió ni 1492, ni 1973, ni ninguna otra fecha marcada en los libros de historia. Luis eligió un jueves en mayo en el que una carta estampada por el rojo de la burocracia le dijo que no. Eligió el 12 de mayo de 2021, el día que sintió la humillación de no pertenecer. Dijo la fecha en voz alta. Los ojos de la evanescente abuela contuvieron un universo de tristeza y silencio. El aire parpadeó, y en un remolino de luces y polvo se materializó una tarjeta laminada en la mano ensangrentada de Luis. Vio su foto. Leyó su nombre. Vio su rostro y el águila dorada.
- “ON THE GROUND NOW! HANDS WHERE WE CAN SEE THEM!”
Los gritos de los agentes de ICE lo duchaban mientras las botas crujían en la nieve. Los varios canes gruñendo. La alta luz de una linterna lo acorraló contra la lápida ya sin talismán. Luis miró directamente la luz, vio los dedos en los gatillos y con una extraña calma en su rostro levantó su mano derecha y agitó lentamente la green card como queriendo activarla. Como quien sostiene un escudo sagrado, un tótem del mundo que acababa de escoger. Las siluetas negras se mantuvieron en silencio, las correas de los perros tensas, mientras Luis ondeaba su pequeñísima bandera de plástico que reflejaba la luz las linternas como una falsa estrella en la fúnebre noche.
Y en esa blanca luz que lo enceguecía, en un efímero silencio, espero a ver si su elegido reino lo aceptaría. ✦
Dr. Sergio Salazar is a Colombian writer and cultural critic with a Ph.D. in Cultural Studies from Emory University. His areas of specialization include Latin American studies and urban spaces in cultural production, with a focus on contemporary film and literature. Dr. Salazar has worked in the United States, Latin America, and China. Currently based in Shanghai, he is the co-founder of TiBa (题跋) Collective, a narrative strategy and educational consultancy studio. His work engages with global cultural dynamics and the ways in which conceptions and representations of place shape identity and storytelling.