Gusto, libación, paladar
por Laura Andrea Vázquez Número dos: Ficción
Foto por Eliano Davide
Muero todas las noches. Muertes pequeñas, medianas. Las grandes las finjo cuando compartimos cama y saliva. Es más bien una mentira de escala que del todo. Algo para marcar el aire de mi cuarto o el tuyo con algo nuestro. Nos despedimos siempre bajo las sábanas en el calor que me sustentará por semanas. Temerario el adiós. Siempre me besas: no sé si eso es normal para nuestro nada, esa despedida de una costumbre hecha instincto. Son los únicos misterios de la vida que me atosigan. Más allá del qué somos el qué parte de ti me ama en estas acumulaciones fugaces y exponenciales.
Lo tomé personal cuando comenzaste a desaparecerte. Culpaste el precio de los pantalones, que la economía no aguantaba esa falta de disciplina (tus límites revolucionarios se esclarecían con tu vanidad). Pero supe que era que a mi ya no me servían los pantalones de cuando primero me besaste a escondidas. Para esos tiempos arriesgabas toques casi públicos. Un brazo echao por aquí, una guiada por la espalda baja por acá. Peligrosas eran las esquinas oscuras a 10 pies de cualquier barra. Mientras más casera, mejor. Nuestro mejor beso fue en la despedida de un amigo en común y el cuarto donde dormía el perro. La puerta no abría y el amigo de la casa no nos pudo liberar hasta la mañana siguiente. Chistamos sobre comernos de una manera y terminamos acabados de la otra. Inevitablemente pequé de honestidad y llevas desde entonces castigándonos a ambos. A mi por creyente y a ti por cultista. Pero yo no te encuentro carismático ni tú a mi devota. Acumulamos la verdad en fragmentos del camino entre espejo y espejismo. Me intoxicó esa vida frenesí. A ti te envenenó. Te dolía verme con mis ojos empapados de amor abrazándote cada vez más fuerte que la anterior. El asco te crecía con mis carnes que nunca soltaste. En una salida con amigos hace unos meses y después de varios tragos lamentaste tu incurable repelente hacia las mujeres mientras me agarrabas la mano, y luego el muslo, (y luego luego las nalgas), por debajo de la mesa. Me emputó más el insolencia hacia un hecho irrefutable que la hipocresía haciendo y deshaciendo impune en mis calzones. Me rompes el corazón cada año y medio. Te lo he reclamado ya varias veces. Nos gritamos hasta colgar y no nos hablamos por 4 meses. Cuadro citas que me cancelan a última hora. Me escribes y preguntas si le puedes caer a mi casa. Repetimos.
Estaba hambrienta. Olía a un buen canto de carne a fuego alto y con mucha sal. No precisaba la hora, la oscuridad de la rularía nos encierra en el tiempo. Esta última reunión vino acompañada de una estadía en una casita de campo con una cama enorme y vista a una cordillera. El campo es lento hasta en su muerte. Fusílame por la obviedad del detalle; no hay dignidad en las muertes lentas. Son mezquinas y patéticas. La falta de autoestima de pelear contra la falta de convicción que tuviste en el pasado. Acúsame de mártir romántica. Es lo único que me cuadra después de una vida negada. Apuntar el rifle del descontento social a mi barbilla. No por legado ni por vanganza, porque sólo respondes a la víscera y a la ausencia dada por sentada. Entonces, el eco del monte nos rebotaba en frecuencias discordantes. El verde denso—y más importante, lejos de nuestras vidas diarias—me tentaba con saborearme mi cuento de el romance fajado que al fin se cultiva. De noche me lo permitía. Pero el sol azotando por una cantidad obscena de ventanas me recalcó las realidades a la que tú te empeñas en enaltecer. Nuestras fallas te parecen imperdonables solo por el hecho de compartirlas. Era algebraico tu razonamiento, o al menos eso pensabas. Te es inaceptable cualquier negativo en cualquier momento del proceso, en cualquier resultado, así todo se haya cuadrado bien. Tomé tu afán de solo añadir demasiado literal, por eso me sorprendió tanto que te subscribiste a las pastillas.
No te vi arrancándote un canto hasta la tercera y última noche. Salí del cuarto porque volviste a desaparecer y quería salir a ver la luna por si al fin me convencía de algo. Usabas un cuchillo serrado (no el recomendado para la nueva práctica) pero el único disponible en el alquiler. La sangre que tiznaba tus manos era el distintivo rosa chillón de las pastillas. La sangre diluida y luego reforzada para imitar la vida. Los cortes salían largos con un marmoleo hermoso y exquisito. Como si para resaltar mi hambruna tiraste el corte al sartén y salpicó el aceite y las grasas por toda la estufa. No te inmutaste cuando entró aceite en tu herida abierta ni tampoco bajaste el fuego. Eso me preocupó, pues además de que nunca cocinas a fuego alto siempre cocinas en fuego demasiado bajo. Siempre lo subo a escondidas cuando dejas la estufa sin atender.
Me acerqué solo para prender el extractor que rugió para sacarte de tu desgaste. Inmediatamente me acusaste de vegetariana (que no soy) y de juzgona (que sí, aunque a ti nunca te he juzgado. Peco de eso. De perdonarte todo y dejar que me abras el mundo hasta perder toda convicción. Hasta no reconocerme ni las manos. Hasta que te amorfas a la misma palabra escrita. Hasta que asumes el rol del único lenguaje. Hasta reconstruir la Torre de Babel de los escombros que logro salvar de tus entrañas).
Te pedí un canto. Me respondiste que sólo los cocinas para disponer de ellos seguramente, para que no se empape el plástico ni la tierra de tus nuevas sangres modificadas. Señalé a una carne separada con perejil fresco encima. Lanzaste el plato con todo por la ventana de la cocina y estalló contra el balcón. Todavía tenías el abdomen crudo, abierto. No sangrabas porque ya no puedes. No corrí porque no quiero herirte, que te abrieras el torso entero y luego me resientas por coserte mal.
Estaban perfectamente cocidas. Tienes técnica y teoría para la cocina. Es lo que la gente piensa que me enamoró de ti, pero siempre encontré tu comida un poco sosa, un poco aterrada de la sal y la mantequilla, los gustitos de mi vida. Me los comí todos sentada en el sillón del balcón, buscando cotorras que se preparaban para el amanecer.
La mañana siguiente te rehusaste a tocarme. Me dejaste en el portón de casa sin despedida. Al mes y medio—respondiéndome a una foto que subí con una etiqueta de un lugar más cerca de tu casa que de la mía—me preguntas qué estoy haciendo esta noche. Avanzo para recoger mis cosas. ✦
Laura Andrea Vázquez es escritora y poeta originaria de Carolina, Puerto Rico. Posee una maestría en creación literaria de la Universidad de Texas en El Paso y es una Periplus Fellow del 2023. Es autora de la colección de cuentos ‘Desapariciones y otros cuentos’ (Editora Educación Emergente, 2024) y de los chapbooks de poesía ‘Prestige TV Killed the Starlet (Bottlecap Press, 2023) y ‘genderbi’ (Ghost City Press, 2022). Por el momento, reside y enseña en Nuevo México. Puedes seguir su día a día @lauranlora en las redes.