La prima lejana
por Elisa C. Martínez Salazar Número dos: Ficción
Foto por Valerie Blanchett
Solía despertarnos a las cuatro de la mañana. A veces era un llanto. Si llovía, gritaba, y los viernes reía a carcajadas o golpeaba la puerta pidiendo que la dejaran ir. Nunca se le hizo tarde.
Los domingos le ponían un vestido blanco y florecitas azules en el pelo. Se pavoneaba como reina en la galería para diversión nuestra. Una tarde, le cambiaron el vestido por uno verde y quiso cortarse las venas. Debía tener entonces unos treinta. La habían llevado a casa dos años antes. Dijeron que una prima lejana viviría con nosotros, una tal Rosita. Llegó con arañazos en la cara y los brazos cubiertos de moretones. No nos miraba a los ojos.
Yo la oía cuando tenía pesadillas. Se despertaba gritando y había que correr para que no tirara todo al suelo. Me tapaba la cabeza con la sábana para que la loca que vivía en mi casa no me llevara de noche. La loca que vivía en mi casa. Así comenzaron a llamarla y yo les seguí la corriente.
Un día llegué de la escuela y no había nadie, solo Rosita y yo. Sostuve su mirada largo rato, preguntándome si no se hacía la loca y estaba más cuerda que todos. Me vio sin pestañear, pero no fue tanto que me viera, sino que me miró como nadie lo ha vuelto a hacer. Se abalanzó contra mí y temí que fuera a atacarme, sin embargo hizo lo que menos esperaba. Se levantó la bata desgastada dejando el vientre expuesto y me abrazó. Quedé ahí, de pie y sin palabras. Me dejó para encerrarse en su cuarto a chillar al compás de la llovizna que apenas se hacía sentir.
De repente, el tiempo pasó en el pueblo. Las semanas se convirtieron en meses y estos en años, pero nada cambiaba. La vida, las calles, las conversaciones siguieron siendo las mismas…y crecí. Mi cuerpo se hizo extraño de la noche a la mañana. Lo habitaba o me habitaba a mí. Sería difícil decirlo. La adolescencia era extraña. Sentía o no sentía y nunca hubo un punto medio para detenerme a pensar o descubrirme. Me bombardeaba con preguntas cuya respuesta no conseguía adivinar. Hubo períodos en los que odié a mis padres y a mis hermanas; que si la mayor era la más fea, que la otra no se casaría por bruta, que por qué todas tenían esa tez dorada de ensueño y yo un color grisáceo que espantaba sonrisas. Supuse que mis hermanas habían ganado la lotería del crisol de razas y culturas que somos.
Lo que sí surgió de la nada y se mantuvo constante fue la ternura tosca e infantil de Rosita hacia mí. Algo cambió cuando me mostró su vientre. En la casa recibieron el cambio con cautela. Nunca se podía saber a ciencia cierta lo que ocupa la mente de una desequilibrada. Papá sintió tanto miedo que lo atrapé hablando de mandarla con unos primos que nos visitaban del campo. Hice un berrinche y juré que me suicidaría si lo hacía. Fui al cuarto de Rosita y puse el cerrojo. Me apretó fuerte contra su pecho. Me acarició el pelo y lloró por Dios sabe qué. Los primos tumbaron la puerta. Aún recuerdo la manera en que los ojos de papá parecían salirse de las cuencas. Fue la última vez que se atrevieron a hablar de echarla.
El incidente quedó en el pasado y asuntos nuevos ocuparon nuestro tiempo uno tras otro. Bodas, funerales, bautizos, enfermos. Incluso yo dejaba la niñez detrás y me preocupaba por lo que el futuro incierto guardara para mí. Rosita y yo nos hicimos una parte de la otra. Me sedujo la idea de estudiar psiquiatría para dar nombre a sus mundos y ayudarla a entender los míos. Así que me colé en cátedras universitarias y me enamoré de algún profesor con el que jugué al amor.
Cierta inquietud creció dentro de mí a orillas de la adultez. No podía estar tranquila hasta caminar dos, cinco, diez veces de la sala a la cocina. Logré disimularlo sin problemas. Creo que Rosita era la única que se daba cuenta, pero la fuerza de su espíritu se había esfumado con la maraña de pelo crespo que le cortamos por los piojos. Dejábamos la puerta abierta y no se atrevía a salir. Detrás de sus ojos negros había una mujer coqueta y vanidosa que aprendió a esconderse de la mirada de curiosos que reían ante la posibilidad de ver a la loca de mi casa pelada, la locura de su alma volcada hacia fuera.
Aquel viernes –ese viernes– regresaba de inscribirme en la universidad. Hacía calor y el sol brillaba con toda su fuerza sobre mí. Encontré un tumulto a varias calles de mi casa. ¿Mi casa? Al principio, no entendía el alboroto. Avancé con cautela como si en cada paso un presagio oscuro se posara en mis hombros…y es que supe antes de verla. No sé cómo, pero lo supe. Y al saber que sabía, la vi tirada en el suelo con los ojazos negros abiertos y una mueca de espanto en el rostro ensangrentado.
Nadie me miró en medio de la muchedumbre. Nadie me apretó contra su pecho. Ninguno se detuvo a guardarle luto más de dos minutos. Pudo, en un instante de sombras, la lengua de un chismoso partirme en dos y dejarme inacabada frente a la vida. Es la loca que vive en casa de los Martínez. El papá la violaba en el campo y la preñó una vez. Trajeron la criatura al pueblo para criarla aquí. Dios que reparta suerte.
Todos siguieron caminando. Yo estuve de pie frente al cuerpo inmóvil el tiempo que dura un padrenuestro bajo la lluvia. Di traspiés hacia la casa –¿mi casa?– dudando si era en el camino o al llegar que debía gritar o reír a carcajadas por la prima lejana, la loca que vivía en mi casa, la dulce y adorada Rosita, mi madre. ✦
Poeta, rapera y cineasta. Elisa C. Martínez Salazar es autora de los poemarios Desvelo, silencios y recuerdos (2020) y Leitmotivs (2024). Su obra, publicada en medios internacionales, ha sido reconocida con nominaciones, entre otros, a los Best of the Net Awards. Escribió y dirigió los cortometrajes El Río (2019) y Zareska (2021), este último premiado en el I Saria Festival. Tiene un proyecto musical de rap fusión y dembows filosóficos. Posee un MSc en Justicia Social y Acción Comunitaria por la Universidad de Edimburgo. Trabaja en derechos humanos, justicia laboral y lucha contra la trata de personas.